Cuarenta años de vida en la cárcel

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El funcionario Fermín Amezcua, destinado ahora, con 61 años, en la cocina del presidio de Alhaurín de la Torre, se retira este mes tras casi cuatro décadas. Antes de decir adiós, ha plasmado las anécdotas de ese periodo en unas memorias noveladas

MÁLAGA
Fermín Amezcua Molero (Cogollos de Guadix, Granada, 1949) es historia viva de la memoria penitenciaria de este país. Tras treinta y siete años como funcionario de prisiones, ha decidido poner fin a su carrera y se jubilará en los próximos días, echando el telón a una intensísima trayectoria profesional que le ha llevado a la cárcel Modelo de Barcelona, a la prisión de alta seguridad de Herrera de la Mancha, a la provincial de Málaga y a la de Alhaurín de la Torre una vez que echó el cierre la de la antigua Carretera de Cártama en 1992. Con miles de anécdotas que contar, Amezcua ha decidido editar unas memorias noveladas de sus andanzas que ha publicado Círculo Rojo: casi cuarenta años al servicio de los presos merecían este gesto.
«He querido hacer el libro para decirle a la gente lo que ocurre en la prisión, cómo es la cárcel por dentro y mostrar su evolución», explica Amezcua, para indicar después que Memorias de la prisión se puede comprar en todos los centros de El Corte Inglés en Andalucía y en varias librerías de la capital, entre ellas la conocida Luces. Se han tirado 600 ejemplares de la novela. Su precio es de 15 euros.
Amezcua ha hecho de todo: en sus primeros años, recorrió junto a su familia numerosos pueblos de Granada y Jaén, dado que su padre era guardia civil; él mismo empezó sus andanzas profesionales en el Instituto Armado, pero lo dejó en 1972, tras tres años: «No soportaba una estructura tan militar».
Poco después, inició los coqueteos con el trabajo de su vida: «Entré como interino en la Modelo de Barcelona». Sin embargo, duró poco en este mítico penal, dado que una circular del entonces presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, supuso el despido de todos los interinos del país. Poco antes se había casado, así que tuvo que buscarse la vida en la Olivetti como comercial en la capital catalana, para hacerse después taxista.
En el taxi se preparó las oposiciones: «Con un magnetofón me grabé el temario y lo escuchaba cuando no había clientes. Aprobé sin problemas».

Democratización
Entra de nuevo en la Modelo de Barcelona en 1978 y esos años vivirá la profunda y paulatina democratización de las cárceles españolas, lo que ha reflejado en el libro: «Fueron años muy difíciles. En esos momentos, quedaban presos políticos, aunque pocos, porque el Gobierno aprobó su salida en 1976 y después en el 78; la plataforma civil que los apoyaba dentro y fuera de la cárcel, la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL), quedó en manos de los internos más bragados». Aprovechaban las ventajas que les daba la coordinadora para reivindicar muchas mejoras.
Las fugas eran constantes en un tiempo de transición, era la época en la que una mano de hierro se abría suavemente a la democracia, a una realidad carcelaria en la que los presos tenían derechos, relata Amezcua en su novela.
En esos años se toma la decisión de que los presos peligrosos, reunidos en Santoña (Cantabria), sean repartidos por toda España y varios de ellos llegan a la Modelo. «Algunos de esos internos le metieron varias veces fuego a la cárcel de Málaga, ubicada entonces en la carretera de Cártama», aclara.
En 1978, el Grapo acaba con la vida de Jesús Hadad, director general de Prisiones, que había iniciado la senda reformista. Lo sucede Carlos García Valdés, eminente profesor universitario que «tuvo muy buena mano con los presos».
Estando Amezcua en la Modelo, se produce la famosísima fuga de 45 presos por un túnel que habían hecho en el hueco del ascensor. Poco después, le hizo frente a Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, que había organizado un motín. «Los días anteriores nos habíamos preparado haciendo palos de madera y yo llevaba una tijera para cortar sellos; cuando vi que El Vaquilla empezó a dar voces, me acerqué a su celda. Entonces le vi sacar un punzón, y estuvimos dando puñetazos con las armas al aire, pero comenzó a correr y a abrir las celdas de sus compañeros», relata.
Convive en la Modelo con lo más granado de la delincuencia española, entre ellos varios de los miembros de la banda de El Vaquilla: Julián y Miguel Ugal Cuenca, hermanos del primero y atracadores de leyenda, así como con El Viejo, padrastro de El Vaquilla.
En el 79 va al penal de máxima seguridad de Herrera de la Mancha, donde pasa cuatro años. «No teníamos contacto con los presos, ni se les permitía fumar. Era un régimen tan duro que cuando hablabas con ellos te lo agradecían», explica el funcionario.
Coincide de nuevo con El Viejo en Herrera de la Mancha; éste ya era una leyenda, tras escribir unas interesantísimas memorias; pocos meses antes, uno de sus hijastros fue cosido a balazos por la Guardia Civil en un tiroteo; el resto de la banda le achacó todos los atracos, pero sobrevivió milagrosamente.
En esta cárcel es testigo involuntario del procesamiento del director y de varios compañeros por maltratar a presos. «Un alto cargo nos llegó a decir que empleáramos mano dura», relata.
Con el tiempo, y ya con tres hijos en el mundo, decide venir hasta Málaga. «Esta ciudad te engancha». Empezó en la prisión de la carretera de Cártama. «El preso malagueños es agradecido y te da la bienvenida», añade.
Le llamó la atención la fuerte presencia de la droga entre los presidiarios: «Un día, aparcando fuera del penal, vi cómo un hombre lanzaba por encima del muro dos bolsas llenas de droga». Con la venta de sustancias pagan sus fianzas, y llegaban a vender hasta la única ropa que tenían. «También metían mucho alcohol», explica.
Allí vivió el asesinato de un policía, cometido por un preso cuando acudía a llamar por teléfono en 1985. Cinco internos se fugaron, obligando al director general de Instituciones Penitenciarias a leer un comunicado en el que se afirmaba que serían tratados con arreglo al Estado de Derecho.
En 1991, tuvo lugar el atentado de ETA. «La ventana le pasó por encima de la cabeza al director. Poco después pidió la baja», indica.

Alhaurín de la Torre
Desde 1992 está en Alhaurín de la Torre, donde es frecuente verlo tomar café o fumando con los presos; organiza partidos de fútbol y partidas de cartas. Recuerda especialmente la llegada de detenidos en «Malaya»; «Roca es muy listo, pero es simpático», indica Amezcua.
En esta cárcel ha habido también dos momentos complicados: «Una vez un hombre rompió los barrotes de su celda y cayó desde una altura considerable cuando intentaba fugarse, rompiéndose el tobillo. Algo parecido ocurrió con otro cuando trató de superar el muro del presidio», expone.
«En Alhaurín, durante mucho tiempo, los pasillos parecían la calle Larios, todo el mundo pululaba por ahí sin estar identificado. Eso se ha terminado», explica Amezcua, quien recuerda que, quien quiera saber más de una parte esencial de nuestra historia, debería leer su novela.

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