Los fantasmas de la vieja cárcel

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Juan Riera Roca | Palma

En los años 60 y 70 decenas de barcos desaparecían en el Triángulo de las Bermudas, supuestamente abducidos por los OVNIs. Días, semanas después, las embarcaciones reaparecían, en ocasiones con todos sus elementos dispuestos como si acabaran de ser abandonados.

La comida aún caliente en los platos. Las camas recién hechas. El café en la cafetera sobre el fogón encendido. Pero ni rastro de los tripulantes. Una sensación similar embarga a quien entre hoy en la vieja cárcel de Palma, abandonada hace ya 10 años, como si fuera ayer.

En las mesas de las camaretas o chabolos aún hay tetrabriks de leche recién acabados, botes de aceitunas abiertos, tazas de café con la cuchara que parece que pocos segundos antes aún removiera el poso que marca el fondo del recipiente. Una barra de pan (¿con lima dentro?) espera a convertirse en un bocadillo.

Camas recién deshechas, como si el preso acabara de salir corriendo al primer recuento de la mañana. Trastos abigarrados por los rincones, exponentes típicos del desorden de las habitaciones de los centros penitenciarios donde las cosas acaban por quitar espacio a las personas.

En los patios, contenedores de basuras y de escombros, como si el camión de Emaya estuviera a punto de pasar. Solo las parietarias creciendo entre las baldosas y los gatos que han sustituido a las plagas de ratas que comían los restos del naufragio, evidencian que el tiempo ha seguido, inexorable.

Han pasado 10 años desde que los presos y los funcionarios dejaron la obsoleta lata de sardinas gigante en que se había convertido la vieja cárcel de Palma para irse a vivir y trabajar a la nueva prisión, unos cientos de metros más arriba, en la carretera de Sóller.

Pero aún parece que fue ayer cuando se produjo el naufragio o el secuestro por parte de los tripulantes de una nave extraterrestre. Da un poco de miedito pasear por esos pasillos carcelarios (imponentes en el mejor de los casos) que hoy parecen poblados por fantasmas y recuerdos.

Hace diez años la vieja prisión, acabada de construir en 1950 (se ve que las prisiones y los hospitales tienen una fecha de caducidad de medio siglo) se abandonó. Los mil presos dejaron de sudar y rozarse más de lo conveniente en un espacio que se había diseñado para menos de 400.

Hace diez años la antigua prisión de Palma entró en el limbo. Tras el naufragio (o la abducción) pasó a ser un centro vacío a la espera de su destino. Pertenece a Instituciones Penitenciarias, que no tiene ninguna necesidad de ella. Debería pasar a manos municipales, pero no pasa.

Hace tres años llegó a Palma a dirigir la prisión provincial su actual director, Manuel Avilés, quien quiso evitar que se cumpliera uno de sus temores: que un edificio antiguo, recinto penitenciario abandonado, se convirtiera en un nido de ratas, albergue de mendigos o quién sabe si algo peor. Para ello Avilés decidió reacondicionar el espacio justo para que pasaran allí sus últimos días de condena, antes de acceder a la libertad o ser trasladados al centro de inserción social, una media de ocho a diez presos. Ocho funcionarios de prisiones cumplen ocho turnos de trabajo, de uno en uno.

‘Hay demasidados riesgos’

El sindicato UGT puso entonces el grito en el cielo. Consideran que las condiciones laborales en el viejo recinto son insostenibles, que hay demasiados riesgos. Exigen su cierre definitivo. Pedro Homar, de la Administración General del Estado (AGE) de UGT explica el problema tal como lo ven ellos: “Las condiciones son muy malas. Hay mucho riesgo de que un interno o un funcionario se dé un golpe o se haga un corte. ¿Qué pasará si ello sucede? ¡No será porque no llevemos mucho tiempo avisando al director de la cárcel! Si algo pasa será su responsabilidad, una situación anunciada”.

El representante de UGT dice que la vieja prisión no figura ni siquiera entre los puestos de trabajo de Instituciones Penitenciarias en Baleares. De algún modo es como si quienes cumplen y trabajan allí lo hicieran en un lugar fuera del tiempo y del espacio. Otra vez parece que se oye pasar un OVNI.

Y no es lo único raro que se oye pasar. Recuerda Homar cómo sus compañeros le han contado que algunas noches algunos de los parientes y amigos de algunos de los presos allí internados se acercan a armar bulla. Y es una situación desagradable porque el funcionario está solo ante el peligro.

Los riesgos laborales, la insalubridad, las plagas de ratas primero y de gatos después, la indefinición como lugar de faena, han llevado a la UGT a la determinación de poner el caso en conocimiento de Inspección de Trabajo. En unos días un técnico de Instituciones Penitenciarias girará una visita.

En UGT esperan que de esa inspección se derive un cierre de las instalaciones. En otro caso estudiarán “la posibilidad de acudir a denunciarlo a la Fiscalía, es decir al fiscal especializado en riesgos laborales”, si es que no se cierra y se deja de tener allí trabajadores y reclusos.

“Los funcionarios penitenciarios son piezas clave en el proceso de reinserción de los presos —dice Pedro Homar— y no están para mantener chiringuitos abiertos”. Creen que algo tiene que ver que Manuel Avilés resida en la antigua casa del director, un edificio anexo a la vieja cárcel.

Aquí Manuel Avilés es taxativo. Ocupa una vivienda a la que tiene derecho en función de los acuerdos alcanzados con Instituciones Penitenciarias cuando le pidieron que viniera a Palma a dirigir la cárcel. Niega irregularidades y dice que hace lo mejor para mantener las instalaciones casi vacías.

Un futuro incierto

El futuro de la vieja cárcel es o debería ser pasar a manos municipales —ahora aún pertenece al Patrimonio del Estado— y que el Ayuntamiento le dé a las instalaciones y solar los usos que considere más adecuados. Estos usos podrían ser desde la ocupación del edificio con fines sociales a urbanísticos. Se ha hablado de utilizar parte de los solares para crear nuevos accesos a la Vía de Cintura o una unión más cómoda y eficaz de la zona del complejo Ocimax con la zona de la calle Capitán Salom. Pero todo eso son cárceles en el aire, perdón, castillos en el aire.

En Cort no lo tienen aún muy claro. O mejor dicho, tomar esta decisión no es una de las prioridades de estos últimos meses del convulso primer mandato de la alcaldesa Aina Calvo. Desde el Ayuntamiento informan de que se han entablado negociaciones. Que hay buen rollo, pero nada o muy poco más, por el momento. Entre tanto, la vida sigue en la prisión fantasma. O en la prisión limbo. Dice Manuel Avilés: “Yo, ahora mismo, lo único que hago es mantener las instalaciones hasta que se hagan cargo del edificio. Por mí, lo entregaba mañana, pero no puedo, no me nace, abandonar sin más un edificio así”.

Recuerda que el inmueble es patrimonio estatal y que sabe lo que pasa si no se actúa así: “Ya he cerrado otros centros y sé que en dos días —si los abandonas— son una fuente de líos importante. Lo fundamental es que se meten personas de todo tipo y se entra a hacer despojo de todo y vandalismo”.

“En lo que fue prisión puramente dicha —sigue Avilés— no hay nadie. Tenemos un funcionario (todos los que pasan son voluntarios) y ocho o diez internos que viven en el edificio de fuera. Lo que pretendo con eso es evitar el imparable deterioro que supone el abandono”.

Avilés no ha sido reacio a dar usos a las antiguas instalaciones cuando se lo han solicitado, por el momento solamente iniciativas artísticas. Se ha desarrollado un proyecto de arte de la Fundación Joan Miró, denominado Projecte per a pressó abandonada.

Recientemente estuvieron rodando el videoclip de Meeting Point y en unos días se rodará una película de un director mallorquín llamado Martín Garrido. La película se llama Vidas tenebrosas y en las antiguas instalaciones se ruedan unas pocas escenas. Muy tenebroso todo.

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