Un mosso, denunciado por vejar en un bar a una funcionaria de prisiones

La denunciante y los testigos aseguran que el agente se frotó los genitales y agarró por el cuello a la chica

Sucesos | 05/11/2011 – 02:28h

ENRIQUE FIGUEREDO Barcelona , SANTIAGO TARÍN Barcelona lavanguardia.com

El bar estaba vacío. Eran las seis de la tarde del pasado sábado. Dos amigas eran las únicas personas que ocupaban la barra. Un varón de unos 35 o 40 años entró en el local y se situó expresamente junto a las dos chicas. Se estaban rozando. Las chicas aguantaron unos instantes después de que el recién llegado les hiciera algún tipo de observación intrascendente que servía de pretexto para conversar. Las chicas iban a lo suyo y quisieron alejarse de él. Los hechos se aceleraron. La camarera del bar informó a las clientas de que el molesto vecino de barra no cesaba de frotarse los genitales de forma grosera mientras las miraba. Se produjo un choque. “Él fue el primero en enseñar la placa”, recuerda Josep, el dueño de la bodega bar Abuelo de la calle Providència de Barcelona, donde todo ocurrió. El torpe ligón era un mosso. La joven que se encaró con él también mostró la suya: es funcionaria de prisiones. El rifirrafe por tan obsceno cortejo ha acabado finalmente en los tribunales.

“Me pidió que las echara y yo le dije que sólo yo ejercía el derecho de admisión en mi local. Además, no se había mostrado nada respetuoso con las chicas”, recuerda el dueño del bar. La funcionaria de prisiones, una luchadora experta en boxeo y artes marciales, recuerda que el policía la agarró por el cuello con intención de echarla del local. “Se abalanzó sobre mí y me zarandeó”, explica la denunciante. “En ese momento –confiesa la joven–, le di un golpe en los genitales para zafarme de él”. La tensión dentro de la bodega bar Abuelo fue en aumento.

Josep comenta que la otra joven, la que iba con la denunciante, era una chica muy menuda. “Se asustó y se metió dentro de la barra, justo detrás de mí. Fue ella quien llamó a los Mossos”, relata este comerciante de Gràcia.

La actitud del policía –fuera de servicio– era la de alguien que había abusado del consumo de alcohol, aunque en el habla casi no se le notara, coinciden los testigos. El mosso se retiró un par de metros y se dirigió de nuevo al dueño del bar, que se había interpuesto entre ambos clientes. Entonces le dio la mano. Le pagó la cerveza que se había tomado. Le repitió varias veces su nombre y le dijo que jamás volvería a su bar.

“Se marchó –recuerda la denunciante–, pero a los 30 minutos decidió volver”. La funcionaria de prisiones explica que el intento del mosso de volver a entrar en el establecimiento coincidió con la llegada de la patrulla que su compañera había solicitado. “Al verla, evitó entrar y trató de esconderse”, relata la experimentada luchadora.

La patrulla dio una vuelta y encontró al denunciado oculto en un portal. Los agentes comprobaron la identidad del individuo al que señalaban las chicas como el hombre que había agredido y vejado a una de ellas.

Fuentes de los Mossos d’Esquadra confirman la existencia de este comprometido episodio. La joven denunció al agente por lesiones y vejaciones. Al día siguiente, el agente hizo lo mismo. Acusó a la funcionaria de prisiones de los mismos actos ilícitos.

La luchadora se pregunta qué habría pasado si las mujeres a las que el policía se hubiera acercado insinuante no se hubieran atrevido a encararse. “Nosotras no nos dejamos intimidar, pero ¿y si no hubiera sido así?”, se pregunta. Ella y su amiga fueron al bar después de arbitrar un partido de baloncesto y a la espera de arbitrar otro. Jamás habían ido antes.

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