Ser funcionario

Es conveniente recordar que en los años de bonanza fueron el colectivo que menos disfrutó del momento

JOSÉ CALVO POYATO

Día 25/01/2012 – 10.13h cordoba.abc.es

Mucha gente considera hoy un privilegio trabajar para alguna administración pública. Significa, dicen, tener un puesto de trabajo asegurado y una jornada laboral «amable». Son consideradas auténticas prebendas y los funcionarios unos privilegiados. Contra esas supuestas prebendas ya arremetió el presidente de la gran patronal al proponer que los funcionarios puedan ser objeto de despido y de indemnización, como cualquier otro trabajador de la empresa privada. Por otro lado, en el imaginario colectivo de los españoles, el perfil del funcionario está adornado de ribetes negativos. Todavía pesa el «vuelva usted mañana» de Mariano José de Larra, una frase afortunada para la época en que fue acuñada allá por siglo XIX y, anclados en los viejos tópicos, son muchos los que todavía hoy tienen esa imagen anticuada del funcionario como un personaje desagradable cuya principal actividad consistía en poner obstáculos, cuantos más mejor, al sufrido ciudadano que tenía la necesidad —una verdadera desgracia— de resolver el papeleo de algún asunto administrativo.

En quienes así piensan no han calado los cambios habidos en la administración, arrinconando el «vuelva usted mañana» al armario de los tópicos, aunque ciertamente existen especímenes que hacen buena la afirmación de Larra, como en cualquier campo de la actividad privada. Los funcionarios son hoy conscientes, en su inmensa mayoría, de que están al servicio de los ciudadanos y que su función es resolver problemas y allanar dificultades. Frente a la imagen negra del «vuelva usted mañana» nos encontramos en la mayor parte de las administraciones eficacia y trabajo bien hecho. Pues a pesar de esa transformación, el funcionario sigue siendo víctima de su mala imagen histórica que, en el tiempo presente, se ve reforzada por poseer un trabajo seguro, cuando se cuentan por millones los trabajadores que han visto esfumarse el suyo.

Es conveniente recordar como en los años de bonanza fueron los funcionarios quienes menos disfrutaron del momento, siendo más espectadores que partícipes de los que ingentes recursos de que gozaba la sociedad como si se tratara de un maná inagotable. Incluso en esas fechas tuvieron congelaciones de sueldo o escuálidas subidas salariales en consonancia con los IPCs oficiales. Soportaron, a diferencia de albañiles, fontaneros, carpinteros, hosteleros, camareros o cocineros que el euro cotizara en la práctica a veinte duros y vieron como su capacidad adquisitiva apenas se sostenía, cuando en cualquier andamio se ganaban los euros a puñados. Si entonces hubo referencias a los funcionarios fue para hacerlos objeto de burla por ganar unos salarios que provocaban en el mejor de los casos sonrisas condescendientes de quienes, con escasa formación y sin haber superado prueba alguna para acceder a su puesto de trabajo, les dedicaban toda clase de chanzas.

Hoy, al haberse vuelto cañas las lanzas de antaño, los funcionarios provocan cierta animadversión y su seguridad laboral se considera un privilegio insultante en medio de un mar de temporalidad, hasta el punto de que el presidente de la gran patronal haga unas lamentables declaraciones. Por si no fuera suficiente, en Andalucía, sostienen una larga lucha con un gobierno que trata de colar de matute en la función pública a quienes no tienen más mérito que ser sus familiares, sus amigos o sus paniaguados.

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