'La realidad de una prisión no es 'Celda 211'

Patricia Matey | Madrid

Actualizado martes 31/01/2012 02:36 horas

Samuel Andújar Núñez, en la consulta de la prisión. | El Mundo

Samuel Andújar Núñez, en la consulta de la prisión. | El Mundo

Samuel Andújar Núñez, de 52 años, puede presumir de ser lo que siempre quiso y estar donde siempre quiso estar: en la cárcel. Es médico y trabaja desde hace 13 años en prisiones. La de Torrecilla (Alicante) fue la primera, lugar al que llegó tras descubrir lo que supuso el desembarco de la heroína en España.

“Fui testigo de los primeros casos de sobredosis por heroína administrada por vía intravenosa. Los enfermos se presentaban, o mejor dicho los llevaba la Policía, a los ambulatorios y a los servicios de urgencias de los hospitales. Así se despertó en mí el interés por las drogodependencias y decidí hacer un máster sobre drogas en la Universidad Autónoma de Madrid. Mi trabajo de final de curso versó sobre las ‘adicciones'”, aclara.

Lo demás vino rodado. “En ese momento construían la prisión de Alicante II, situada en Villena (Alicante) y decidí preparar las oposiciones como facultativo al cuerpo de Salud Penitenciaria. Quería trabajar en esta institución y era una buena oportunidad porque el Centro Penitenciario no quedaba muy lejos de mi habitual lugar de residencia y así puedo compaginar mi profesión con mi vida familiar (está casado y tiene tres hijas). Logré una de las primera plazas y pude elegir destino”.

Hoy atiende a cerca de 1.100 reclusos [la mayoría con una media de edad de entre 35 a 45 años], junto con otros seis médicos, 13 enfermeras y una supervisora. “La cárcel es como un pequeña ciudad. Todas las prestaciones sanitarias disponibles para una persona en libertad también las tenemos en prisión. Contamos con el módulo de enfermería que dispone de 64 camas hospitalarias para internos que necesitan cuidados más especializados y una sala de curas muy bien dotada, como un ‘mini quirófano’, donde llegamos a realizar unas 1.200 curas al mes”.

¿Y qué es lo más normal que un médico de prisión atiende en esta sala? Traumatismos por deporte o accidentes laborales son los ‘incidentes’ más frecuentes que pasan por la ‘sala de intervenciones’.

Una jornada en prisión

El día arranca a las ocho de la mañana. “Lo primero que hacemos es una sesión clínica en la que el médico de guardia (hay un sanitario las 24 horas del día) nos da el ‘parte’ de los sucedido durante la tarde y noche anteriores. Posteriormente las enfermeras reparten la medicación por los distintos módulos residenciales (cada uno cuenta con 140 internos). El objetivo es que los fármacos se entreguen a diario con el fin de garantizar su bueno uso y la adherencia a los tratamientos, un factor muy importante en patologías como la tuberculosis, el sida o la patología mental, las más frecuentes en este centro penitenciario”.

Casi a la vez, llegan las consultas. “Visitamos a los reclusos en sus módulos, bien porque la solicita, normalmente por la aparición repentina de una dolencia aguda (gripe, diarrea…) bien porque la consulta esté programada. En estos casos, además de realizar el seguimiento de los internos con alguna dolencia, se trabaja en educación para la salud. Se trata en definitiva de que aprendan hábitos de vida saludables”.

Enfermedades infecciosas (tuberculosis, sida y hepatitis), patologías mentales y drogodependencias son los tres caballos de batalla con los que Samuel lidia a diario. “La llegada de cualquier nuevo interno implica al Centro Penitenciario la necesidad de someterle a una revisión médica general, que incluirá pruebas sanguíneas con el fin de detectar cualquier enfermedad infecciosa que pueda comprometer la salud del resto de reclusos. Es el caso de la tuberculosis”.

La adicción a las drogas es otra de las patologías que más tiempo y esfuerzo roba a Samuel y a sus compañeros. “Si el recluso está consumiendo drogas, lo primero es su desintoxicación y, posteriormente, lograr su abstinencia y el mantenimiento de la misma. Para ello contamos con programas (como el de mantenimiento de metadona) y módulos que están totalmente dirigidos y orientados para ayudar y tratar al interno drogodependiente. Con ello lograrnos evitar los ‘pinchazos’, reducir los daños asociados al uso de heroína y dar dosis controladas por un equipo sanitario”.

Pero al doctor Andújar lo que más le preocupa es el cada vez mayor número de internos con problemas mentales. “Sólo las personas que son consideradas por el juez como no imputables ingresan en un centro psiquiátrico, el resto, aunque tenga una trastorno mental, cumple la pena prisión. Algunos de ellos están sin diagnosticar, de ahí que lo primero que intentamos es detectar la existencia de patologías psiquiátricas. Para ello contamos con un equipo interdisciplinar (psicólogo, asistente social…). Disponemos de un programa de atención integral al paciente mental (PAIEM)”.

Dentro del mismo, además del diagnóstico y tratamiento médico destinado a estabilizar al interno, “desarrollamos un programa individualizado de rehabilitación. Se trata de una serie de talleres donde pretendemos generar o recuperar actitudes y valores (higiene, alfabetización, habilidades sociales, prevención de recaídas, manejo y control de los impulsos…), que ayudan a preparar a estos pacientes para cuando salgan de aquí. El objetivo es lograr su inserción social, que es precisamente lo que está fallando”.

El equipo médico de la prisión de Villena dispone además de terapia asistida con animales. “Tenemos cuatro perros con los que se realiza la terapia. A las sesiones asisten aquéllos internos clasificados en primer grado, siempre que esté indicado en su proceso de rehabilitación. Y la verdad es que está funcionando muy bien”.

Lejos de la imagen estereotipada

Samuel quiere dejar claro que las cárceles españolas distan mucho de la imagen que de ellas se ha formado la población. “El mundo de la prisión no es ‘Celda 211’. Hay incidentes, pero de forma excepcional y no son graves. De hecho no recuerdo ningún altercado destacable, ni haber tenido que tratar a un preso por heridas causadas durante una pelea. Existe una ‘paz intrapenitenciaria'”.

“Además nuestra relación con todos los reclusos es bastante buena. A diferencia de los ataques que han sufrido algunos compañeros de profesión de fuera de las prisiones, nosotros gozamos de un relación médico-paciente cordial. Y no creo que sea porque dentro están controlados, sino porque ven lo que cada día hacemos por ellos, nuestra tarea y nuestra parte más humana. Somos los que les apoyamos cuando tienen que enfrentarse a momentos difíciles. El otro día sin ir más lejos tuvimos que dar la grave y mala noticia a un preso de que su hijo había muerto en un accidente. Estuvimos a su lado, tratamos de ayudarle”.

Y sin lugar a dudas, “es la parte humanitaria y solidaria con los otros, sin olvidar la científica, las que más me entusiasma y por lo que considero mi trabajo actual como uno de los más bonitos y gratificantes que existen. Estoy donde quiero estar”.

elmundo.es

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