Un día trabajando entre rejas

PATRICIA ABETABCENGALICIA / PONTEVEDRA

Día 11/12/2013 – 12.47h

En los penales de la Comunidad, los funcionarios de prisiones conviven a diario con miles de presos condenados por delitos de todo tipo. De terroristas a narcotraficantes, la vida intra muros se rige por la jerarquía y la disciplina

Un día trabajando entre rejas

MIGUEL MUÑIZ

Vista de la cárcel pontevedresa de A Lama

Enrique es funcionario de prisiones desde hace veinticinco años. La cárcel de A Lama, ubicada a unos 30 kilómetros del centro de Pontevedra, es su centro de trabajo. Un entorno particular en el que los horarios lo son todo. A las 8, los funcionarios del turno de día atraviesan el control de acceso y a las 8 y media abren las celdas para que los reclusos bajen a desayunar. Tienen quince minutos para desalojarlas. Del comedor se pasa, a las 9 y media, a las zonas comunes. En ellas, los presos menos peligrosos pueden asistir a talleres o programas de tratamiento para la drogadicción o el alcoholismo, adicciones muy comunes entre rejas. Dependiendo del módulo en el que se encuentren —en A Lama hay 15 y van desde los convivenciales hasta los de primer grado— puede haber muchos internos apuntados a estas actividades o prácticamente ninguno.

La comida se sirve a las 13 horas y  a las 14 horas los presos regresan a la celda para hacer el recuento. Si todo está en orden, descansan hasta las 16.30, hora de salida al patio. A las 19 horas hay un nuevo recuento y quince minutos más tarde se cena. La jornada diaria de los funcionarios se prolonga desde las 8 de la mañana hasta las 21 horas, cuando sus compañeros del turno de noche les dan el relevo. «Llegamos a este acuerdo para poder descansar más horas en los días libres, porque las cárceles suelen estar muy alejadas de las ciudades y perdíamos mucho tiempo en desplazamientos», explica Enrique.

Los módulos 14 y 15: 1º grado

Dependiendo del día, cada funcionario —«los de interior», como ellos mismos se llaman— se encarga de la seguridad de un módulo distinto. El destino más tranquilo es el del área convivencial, donde están los reclusos menos peligrosos. Una realidad completamente distinta a la que se vive en los módulos 14 y 15. En el primero de ellos están ingresados los presos de primer grado: violadores, pederastas, condenados por delitos de sangre o internos que han matado a algún compañero en prisión. En el número 15 están las celdas de aislamiento, donde el control es absoluto. «Estos presos —explica Enrique— solo cuentan con dos horas de patio y nunca están en contacto con los demás. Cuando salen siempre lo hacen acompañados por tres funcionarios y nunca comparten celda». A día de hoy, entre el módulo 14 y el 15 suman unos 70 internos con los que los funcionarios de prisiones no se pueden permitir ninguna distracción.

Peleas y rivalidades diarias

Al hablar de su trabajo, Enrique confiesa que toda la carga es psicológica. La presión de vigilar a una población reclusa masificada (las prisiones gallegas están al 166 por ciento de ocupación) es difícil de llevar. Y es que, en el caso del penal pontevedrés, la congelación de los concursos de nuevas plazas, las jubilaciones y los traslados han provocado una sangría de bajas que se traduce en casi 60 empleados menos en los últimos tres años.

Una situación que, confiesa este funcionario pontevedrés, «puede dar lugar a situaciones de riesgo para nosotros y también para los propios internos». «Las peleas y las rivalidades forman parte del día a día de la cárcel. Es raro ir a trabajar y que no ocurra algo en alguno de los módulos», explica. Con más de dos décadas de experiencia a sus espaldas, Enrique recuerda los momentos de mayor tensión que ha vivido dentro de prisión. «Yo he pasado por situaciones de riesgo al igual que todos mis compañeros. Me ha tocado enfrentarme a peleas en las que piensas a ver qué va a pasar cuando me meta ahí. También he estado en reyertas multitudinarias, se me han sentado todos los internos en un plante y he tenido que entrar en celdas en las que los presos habían prendido fuego y nos estaban esperando dentro», relata.

Una relación «fluida»

Pese a todo, la relación de los funcionarios «de interior» con los presos es fluida. «Con los internos normales hablas y te cuentan sus cosas, te preocupas por sus problemas —que suelen tener muchos— y les intentas ayudar con los papeleos», describe. Eso sí, siempre manteniendo la jerarquía. «Tienen que vernos como una persona que los puede ayudar, pero estando cada uno en su lugar». Trabajando entre rejas, los funcionarios hablan sin tapujos de la desmotivación que les producen ciertas condiciones de trabajo. Así por ejemplo, la limpieza de las oficinas interiores de la prisión pontevedresa, de las que antes se encargaba una empresa externa, es ahora responsabilidad de algunos presos. El reparto de medicación —casi la mitad de la población reclusa gallega sufre problemas mentales— es otro problema en A Lama, «porque el reparto de fármacos para 1.400 internos depende tan solo de tres auxiliares de enfermería», critican. Las quejas de los funcionarios llegan hasta las restricciones en el papel higiénico. «Nos dan tres rollos cada dos semanas y en ocasiones se da la paradoja de que somos nosotros los que tenemos que pedir papel de baño a los presos».

Con la llegada de la noche, los reclusos regresan a sus celdas y las luces se apagan. Es el momento del cambio de turno y de que otros funcionarios tomen el testigo. Porque la vigilancia en las cárceles gallegas nunca descansa.

Etarras y miembros de Al Quaeda

En los quince módulos que conforman la prisión pontevedresa de A Lama hay un amplio espectro delictivo. «Todo lo que uno se puede imaginar está aquí dentro» comentan quienes se encargan de su vigilancia. Desde presos comunes encarcelados por robos o tráfico de drogas a violadores, proxenetas y asesinos a sangre fría. También hay terroristas. Miembros de organizaciones como Al Quaeda y etarras residen en la misma cárcel, aunque sin cruzarse. «Siempre hay entre 15 y 20 etarras, distribuidos en distintos módulos», comentan los empleados. En casos de cárceles antiguas como las de Bonxe y Monterroso, el aislamiento de los violadores es total. En otras, como Teixeiro, depende de la repercusión mediática que el delito haya tenido en los medios. Si hay riesgo de que los presos los agredan, se los interna en la enfermería.

abc.es

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