El arte de los presos

Un proyecto educativo en cárceles pone de manifiesto el efecto regenerador de la expresión creativa

El arte de los presos

Lejos de revelar talentos, en las prisiones descubrimos el efecto regenerador del arte en las personas | Los monitores tratan de ir más allá de una iconografía conectada con lo delictivo, lo carcelario o lo kitsch

Cultura | 08/10/2014 – 00:00h | Última actualización: 08/10/2014 – 10:28h

Mery Cuesta

En las cárceles catalanas funciona desde hace años un proyecto de enseñanzas artísticas a los presos. Un modelo estudiado y copiado en otros lugares de Europa que busca facilitar la expresión creativa de los internos así como su crecimiento personal. Con la comisaria de exposiciones Mery Cuesta nos adentramos en ese mundo en el que se cruzan lo artístico y lo carcelario y descubrimos las peculiaridades de unas creaciones a menudo efímeras

El arte de los presos

El arte de los presos

Portada del suplemento Cultura|s del miércoles 8 de octubre del 2014 LVE

En nuestra sociedad, las prisiones equivalen a una especie de quistes: son nódulos cerrados, con sus propios sistemas simbólicos y de significados, dentro de la matriz de la esfera social. Las cárceles se pueblan de individuos que, por circunstancias, por decisiones equivocadas, por impulsos poco honorables y por todos los argumentos perifrásticos que se nos ocurran, son apartados del flujo de la cotidianeidad y sometidos a un periodo de aislamiento. Desde el punto de vista ontológico que entiende al preso básicamente como un individuo privado de libertad, es desde donde desgranaremos hoy algunas de las tendencias expresivas que surgen en la situación de privación de libertad.

La visión analítica de la creación bajo circunstancias de exclusión social está en la tradición del llamado art brut, etiqueta que acuñó el artista Jean Dubuffet en los años cuarenta. El francés definió el art brut como “una operación artística químicamente pura, que su autor reinventa en todas sus fases y que pone en marcha impulsado por sus propios motivos”. Así pues, el art brut hace referencia a todas aquellas expresiones artísticas que se realizan a espaldas no sólo de la oficialidad, sino de la propia cultura. El art brut como género se ampliaría más tarde y mutaría en el llamado outsider art, una etiqueta con la que abrazar expresiones hechas bajo condiciones de marginalidad social, como centros penitenciarios o psiquiátricos. El gran hito del outsider art sigue siendo la exposición Beyond reason en la Hayward Gallery de Londres en 1996, una muestra de más de 500 obras de la colección de Hans Prinzhorn, un psiquiatra que durante los años veinte hizo acopio de cientos de pinturas, dibujos, objetos y collages realizados por pacientes confinados en instituciones psiquiátricas europeas. En el seno del outsider art se han ido definiendo vertientes específicas: no en vano, el subgénero que hoy nos ocupa ya recibe el nombre propio de prison art (arte de prisiones). A la luz de lo expuesto, el arte que se realiza en las cárceles es una encrucijada de dos coyunturas que lo hacen de alto interés de cara a la observación del comportamiento humano: desata un potencial creador crudo, bruto en su versión más neta, y además, al realizarse bajo condiciones de aislamiento, actúa como válvula de escape.

Hoy tengo la magnífica oportunidad de investigar las formas que la expresión artística y la creatividad toman dentro de una situación extrema de privación de libertad. Y más allá del interés que pueda tener comprobar cómo la creación revela talentos en bruto o actúa como vía de escape, la observación de estas situaciones muestra, a la postre, cómo el arte puede ejercer un efecto regenerador en las propias personas.

Se preguntarán qué hace en prisión una comisaria, no de policía sino de exposiciones. Durante este último año y medio he visitado buena parte de las diez prisiones que hay en el territorio catalán; son los Centros Penitenciarios de Brians 1 y 2, Ponent, Lledoners, Joves, Dones de Barcelona (Wad Ras), Tarragona, Homes de Barcelona (la Modelo), Quatre Camins y Puig de les Basses (que aúna hoy Girona y Figueres). A ellas he llegado gracias, en parte, al Vaquilla y al Torete. “Cuando fuimos a ver la exposición del Vaquilla tenías allí una foto de mi primo, vaya recuerdos, menuda jartá de llorar…”. Los caminos del destino son bien originales. Quién les iba a decir a algunos reclusos que un día saldrían de permiso a ver una exposición de arte… y allí iban encontrar la cara de su primo. Y quién iba a decirme a mí que en la cárcel me dirigirían estas emotivas palabras a raíz de haber comisariado la exposición Quinquis de los 80 hace ya cinco años, aquella que -si la recuerdan- hablaba sobre el fenómeno de delincuencia juvenil en la España de los ochenta y su traslación cinematográfica. Así pues, mi incursión carcelaria empieza cuando el colectivo de Monitores Artísticos de Centros Penitenciarios que trabajan en las diez prisiones de Catalunya me contactan porque, habiendo visitado Quinquis de los 80, piensan que debo ser una persona indicada para ayudarles a organizar una exposición sobre su trabajo.

Es fundamental hacer algunos comentarios sobre figura del monitor artístico de CP (Centros Penitenciarios). El ánimo de este agente de mediación es el de -mucho más allá de tener entretenidos a los internos e internas- conseguir que haya un aprovechamiento cultural y un beneficio personal de las decenas de horas muertas que se escapan entre las rejas. Este colectivo surge hace aproximadamente tres décadas de forma espontánea y voluntaria. El sistema penitenciario catalán entendió enseguida la necesidad de profesionalizar esta figura, y decidió abrir convocatorias oficiales que reclutarían, como atraídos por un imán, a un buen número de diplomados en Bellas Artes. A día de hoy, la figura del monitor artístico de CP solo existe en Catalunya y no en el resto del Estado español. El modelo catalán de enseñanza artística en prisiones sigue siendo estudiado e inspira réplicas en otras cárceles de Europa.

Actualmente hay 53 monitores para diez centros. En mi caso, he trabajado principalmente con los monitores de artes plásticas y visuales, pero existen otros centrados en artes escénicas, encuadernación, música, radio o redacción. Todos ellos llevan a cabo una labor educativa, estructurada y organizada. He observado además una voluntad de activar día a día metodologías y formas de trabajo novedosas y experimentales. El objetivo de su labor es facilitar la expresión creativa y el crecimiento personal de los internos. Pero ¡ay!, la sombra de la escasez planea sobre tan nobles propósitos. El exiguo presupuesto que alimenta sus actividades es uno de sus principales problemas. Y para ello, han desarrollado una estrategia mágica que les permite seguir haciendo su trabajo y que se llama reciclaje. Desde las cárceles se trabaja con una economía precaria, con material barato y normalmente reciclado. Este hecho es relevante a la hora de entender la creación en prisiones, pues afecta tanto al espíritu como a la estética de las producciones resultantes. El forzoso reciclaje también es responsable de que las obras que se generan desde prisión sean casi todas efímeras: este cuadro se tapa de blanco para reaprovechar el lienzo, aquellas peanas fueron ayer una escultura cubista. De casi todo lo que se hace dentro, sólo acaban quedando recuerdos.

Taleguerismo y Hello Kitty

La iconografía básica de un individuo sin formación artística que ingresa en prisión arranca casi siempre de su relación con el contexto delictivo (armas, bandas, drogas) o con lo que podemos denominar clásicos del universo carcelario: cadenas, amor de madre, rosas con espinas, alambradas… Otra facción recurre a iconos de educación gráfica primarios como dibujos infantiles y kitsch: proliferan los émulos maltrechos de Mickey Mouse, el Pato Donald, Hello Kitty, hadas, payasos… Es curioso este bagaje de base que aporta recurrentemente “la gente carente de cultura artística”, en palabras de Dubuffet. El trabajo de los monitores artísticos está precisamente en trascender este binomio básico de representación con el que llegan a prisión la mayoría de los individuos: su labor es la de ayudar a ver más allá de ese bosque de simbologías-cliché. El monitor artístico tiene la misión de enriquecer la simbología del interno, su iconografía, y sensibilizarle hacia expresiones artísticas y nuevos lenguajes que no conoce.

Creación efímera: sábanas y murales

Participar en las actividades que proponen los monitores artísticos es voluntario. Cada mes, unos mil internos pasan por los talleres de artes plásticas. Algunos, de espíritu inquieto, realizan en paralelo acciones por su cuenta y emplean soportes efímeros como sábanas o las propias paredes del chabolo (la celda) para hacer murales, aun a sabiendas de que sus trabajos van a ser borrados o desechados inmediatamente. Existió un mítico mural de la pasión gitana que se hizo en la Modelo firmado por Helios Gómez, del que se hicieron eco algunos reportajes de televisión y que, según asegura hoy la prensa, permanece tapado con una capa de pintura blanca. Aunque he intentado conseguir alguna imagen de las sábanas pintadas, en el práctico trasiego del día a día de una cárcel son velozmente llevadas a la lavandería y es muy difícil interceptarlas. Sólo sabemos que se hacen, que ese impulso existe.

Trasiegos de patio

El patio es una encrucijada fundamental para las relaciones dentro de prisión. En él se superponen diversas tramas. En primer lugar, es un territorio privilegiado para sentir el paso del tiempo. La monotonía de salir al patio durante un tiempo determinado, día tras día, hace aún más profunda la sensación de su transcurrir. En el patio eclosionan varios tipos de relaciones sociales entre los internos: se conforman grupúsculos y se vive también una soledad de una amargura particular, esa que emerge en medio de la multitud. El patio es también el único lugar de la prisión desde donde se observa el cielo abierto. Así mismo, es el lugar ideal para observar ese mosaico de culturas que es la prisión, que actualmente congrega en Catalunya 111 nacionalidades diferentes. Este hecho tiene un fiel reflejo en las propuestas artísticas que surgen de entre la población carcelaria. Las representaciones tradicionales de cada pueblo van aflorando aquí y allá; hay centros penitenciarios, como el de Girona, desde donde ve la luz mucha producción subsahariana. Pero muchas veces, la recurrencia a los motivos folklóricos (por así decirlo) es por razones de nostalgia: pintar durante una hora el Machu Picchu es una suerte de teletransportación. Por último, el patio es también un lugar donde se realizan transacciones e intercambios. Estas monedas de cambio muchas veces son dibujos: son los retratos que los internos que mejor dibujan les hacen a otros a cambio de favores u objetos. Estos retratos serán después los obsequios que los reclusos regalan a sus familias.

Escapismo hacia dentro y hacia fuera

Entramos en el terreno puro de la función de la creación como evasión de la realidad. La pintura y el dibujo se revelan como vías y lenguajes especialmente adecuados para este fenómeno. Existen dos tipos de escapismo: hacia dentro y hacia fuera. El primero se produce en la huida hacia el interior de uno mismo. Surgen entonces representaciones abstractas de mundos internos, fabulaciones surreales que son retratos del subconsciente. La colaboración del artista Evru en su visita a la Modelo en el 2009 fue especialmente oportuna y permitió comprobar la similitud de los lenguajes de alguno de los internos con los mundos delirantes característicos de este creador (dicen que dentro había una especie de álter ego que pintaba en la misma línea que él). Esta vertiente escapista hacia el interior de uno mismo conecta con los preceptos del surrealismo, por lo cual -a sabiendas o no- es este un estilo pictórico muy cultivado dentro de las prisiones. En cuanto al escapismo hacia fuera, recrea por contra paisajes exóticos, idílicos y libres: el mundo interior es la cárcel. También hay dibujos y collages que los internos hacen recreando el día en que se les comunica su libertad o el momento en el que corren en bandada hacia la calle. Hacia fuera o hacia dentro, el escapismo que proporciona el arte a los reclusos es puro fuguismo mental. Muchas veces acaba haciéndoseles imprescindible.

Picasso y Camarón

No abandonamos del todo el terreno de la evasión. Dentro de las creaciones que surgen de esta necesidad, hay un subgénero que consiste en el retrato de mitos e iconografías sobre los que, curiosamente, hay una especie de consenso común. El Guernica de Picasso y los retratos del flamenco Camarón de la Isla son dos de los iconos que se repiten en diversas técnicas y a lo largo de todo el mapa carcelario. Pienso que el Guernica -ese cuadro que ha pasado a la cultura popular en forma de miniréplicas barnizadas para el comedor- debe ser para el entendimiento popular algo así como el Cuadro por excelencia, un epítome de lo que es el arte contemporáneo. En uno de los pasillos principales del Centro de Quatre Camins está colgada una réplica de tamaño imponente del famoso cuadro hecha por manos que pasaron por allí. Es un auténtico dinosaurio que ocupó su lugar en la apertura del Centro en 1989. Con los monitores, hemos fabulado muchas veces en darle la condicional al Guernica de Quatre Camins, y sacar a tomar el aire a este carismático fósil. Sobre Camarón, no hay duda de que ninguna otra voz conjuga mejor el dolor y el sentimiento trágico del destino. La identificación con su música para muchos de los que están dentro es absoluta. Así mismo, una reacción que a veces se produce ante la privación de la libertad suele ser el nacimiento de sentimientos místicos que tienden un puente de alivio entre la situación de presión y ciertas esferas de expansión del alma. Los arrebatos de vocación religiosa fulminante, como le ocurrió a Johnny Cash o a Little Richard, toman en prisión forma de cristos sufrientes o vírgenes en éxtasis.

La moda de los sobres pintados

Las comunicaciones con el exterior se producen de varias formas. Como territorio, se concentran en la llamada Área de Comunicaciones, donde se ubican las cabinas de vis a vis, las pequeñas salitas de reunión con familiares y las habitaciones para lances privados. Además de los hechos que acaecen en estas dependencias, el correo postal pone en contacto interior y exterior. Como regalo, como forma de amor, para transmitir una sonrisa, “se ha puesto de moda”, según los monitores artísticos, cubrir los sobres de las cartas que los internos e internas envían a sus seres queridos con decoraciones y símbolos. El amor, declinado en distintos colores, es el motivo central.

La única mujer

Las relaciones y las representaciones que la población masculina reclusa hace sobre las mujeres y viceversa es un tema de largo desarrollo, complejo y discutido. Sin embargo, una única mujer se erige por encima de los escollos sentimentales de cualquier tipo: es la madre. La mujer que no falla, la que tiene paciencia y amor infinitos, la que siempre perdona: tener madre y ser madre se revela como una de las salvaguardas del alma y de los motivos más inspiradores dentro de las condiciones de privación de libertad. Me impresionó mucho lo visto en la prisión de mujeres de Wad Ras. La gran mayoría de las mujeres que ingresan en prisión son madres. Las internas tiene muy presente la figura de sus hijos en su vida carcelaria, y esto repercute directamente en la creación artística. Ellas viven y producen para sus hijos, pensando en ellos, hablando de su maternidad, dedicándoles sus obras.

Autoconstrucción

La automejora del individuo por medio de la creación es, en realidad, un concepto-paraguas que parapetaría el ánimo que hay detrás de todos los fenómenos que acabamos de comentar. Es la esencia del papel que desempeñan los monitores artísticos. A través de facilitar una vía creativa para la expresión personal, se procura una forma de autoregeneración y autocuración para las personas que están en situación de castigo. La magnífica película César debe morir de los hermanos Taviani es una potente puesta en escena de esta idea. En las prisiones catalanas se han realizado algunas propuestas muy experimentales por parte de los monitores que buscan operar un cambio de actitud y punto de vista en el interno, o por lo menos para aliviar los sinsabores de su día a día y devolverles la confianza en sí mismos. En la Modelo especialmente, pude comprobar cómo sus monitoras hacen verdaderos equilibrios entre lo experimental y la economía. Las colaboraciones desinteresadas de artistas como Arranz Bravo, Frederic Amat o el Mag Lari han ido orientadas a trabajar la automejora, la voluntad y la perseverancia. Recuerdo las experiencias propuestas a los internos para trabajar los cinco sentidos estimulándoles con inputs sensoriales (olores, sabores) que tendrían después una plasmación gráfica o escultórica. Me explicaron que los olores son, sin duda, el estímulo que actúa más vívidamente en el humano y cómo, para las personas en privación de libertad, el olor de una simple ramita de romero desataba torrentes de lágrimas. Sería largo destacar aquí los emocionantes proyectos que he conocido realizados entre las paredes de las prisiones de Catalunya, desde los realizados en lenguaje audiovisual (dirigidos con mucho rigor en el Centro de Joves) hasta el trabajo en restauración y cerámica que encierra metáforas de la propia automejora y renovación del individuo.

La prisión es un terreno en el que centellea particularmente el poder transformador del arte. Sobre este concepto -desgranado según los temas que hemos considerado- existe un proyecto de exposición que ya está bien definido sobre el papel: es el resultado de mi incursión en el mundo carcelario de la mano de los Monitores Artísticos de CP. Esta exposición busca hoy espacio que la acoja (sirva esta frase de llamamiento).

Sí hay salida

El anuncio de la llegada de la libertad condicional o definitiva es un momento de culminación en la trayectoria vital del preso. Tras las puertas de la prisión comienza una etapa nueva a la que a los internos les cuesta adaptarse. No se trata únicamente de buscar una ocupación y restablecer unos lazos sociales prácticamente rotos, sino incluso de cuestiones más físicas: la agorafobia o la desorientación son secuelas típicas en la adaptación a nuevos y más amplios espacios. La prisión sí tiene salida, y es paradójico que algunos la hayan encontrado dentro. Existen casos de ex internos que tras haber entrado en contacto con el arte en el interior de la cárcel hoy se dedican a la creación artística. El potencial del arte para aliviar las duras condiciones de privación de libertad ha sido capaz de transformar al individuo. Por encima de cualquier esnobismo de esteta, no se me ocurre más sublime justificación para el acto artístico.

lavanguardia.com

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