Hay cárceles… y cárceles de mucho lujo

YOLANDA VEIGA

28 mayo 2015

En Islandia solo hay 147 presos y en España, 65.000. En Europa del norte algunos reclusos viven en cabañas y pasean por jardines de 100 metros para diez personas

Las prisiones españolas están al 84% de su capacidad. En Noruega no caben más reclusos y han alquilado celdas a Holanda. Mantener a un reo en nuestro país cuesta 65 euros al día, la media europea sube a 103

Desde el 1 de enero hasta hoy han entrado en las cárceles españolas 577 personas. Cuatro veces la población reclusa de Islandia, el país europeo con menor porcentaje de presos, excluidos San Marino y Liechtenstein, que juntos no tienen ni la mitad de habitantes que Badajoz y allí solo hay 7 delincuentes entre rejas. En Islandia tienen 147, repartidos en 5 centros penitenciarios. Las 68 penitenciarías españolas albergan a 65.597 condenados. Somos el octavo país de nuestro entorno con más gente privada de libertad, por detrás de Rusia, que roza el millón, Turquía, Ucrania, Polonia, Gran Bretaña, Francia y Alemania.

EN CIFRAS

Presupuesto de Instituciones Penitenciarias

1.122.095.740 euros en 2014, un 1,81% más que en 2013. Los gastos de personal ascienden a 807 millones. 78 son de comida.

Población reclusa

65.597 personas. De estas, 60.498 son hombres (92,23%) y 5.099 mujeres (7,7%).

Delitos

El robo es el más habitual: 30,7%. Aunque esta cifra es más baja en Europa: 12,9%

36 años tienen de media los reclusos en España. En Europa, 34.

Extranjeros

Representan el 33,6%. Los países con más reclusos extranjeros son Andorra (78%), Suiza (74%) y Luxemburgo (69%).

Tiempo en prisión

19,1 meses. La media europea es de 10,4. En Turquía son 45 meses y 28,3 en Rumanía.

Porcentualmente también estamos en la parte alta de la tabla, con 141 internos por cada 100.000 habitantes, al mismo nivel que Bulgaria, Macedonia, Malta o Serbia. Los expertos ponen la raya roja «entre 60 y 80 presos por cada 100.000 ciudadanos», márgenes en los que se mueven la mayoría de nuestros vecinos europeos: Dinamarca, Irlanda, Holanda, Noruega, Suecia, Alemania… Islandia tiene el ratio más bajo: 45.

«Los nórdicos han puesto el acento en la prevención. Gran Bretaña y nosotros, sin embargo, en el castigo», apuntan desde el sindicato Acaip (Agrupación del Cuerpo de Ayudantes de Instituciones Penitenciarias). «Hasta hace poco había penas muy graves para las ‘mulas’, las personas que transportan droga en su cuerpo. A una mujer a la que pillaban con 300 o 400 gramos le caían hasta once años de cárcel, con la obligatoriedad de cumplir parte de la condena en España. Eran penas ejemplarizantes, para asustar», corrobora Antonio Viedma, profesor de Sociología de la UNED y experto en cárceles.

Y señala otro hecho diferencial. «Por su situación de aislamiento, Islandia no figura en la ruta del narcotráfico, ni en el origen ni en el destino. Eso explica en buena medida esos datos tan bajos. Y es precisamente la causa de los altos ratios de encarcelados en el sur: Grecia, Chipre, Portugal, España… que es por donde entran en Europa las redes del narcotráfico de África y América Latina». También somos «el epicentro del volcán del crimen organizado».

65 euros al día

En 2010 las cárceles españolas rozaron el lleno: 76.951 presos para 77.895 plazas. Ahora hay 11.000 menos. La causa principal del descenso, la revisión de la legislación penal hace cuatro años, que rebajó las condenas máximas por los delitos menos graves de tráfico de drogas de 9 a 6 años. Además, se han firmado acuerdos con varios países para extraditar a extranjeros con penas inferiores a 6 años. Lo que confirma las tesis de Acaip: «No es que se metiera a más gente en la cárcel, es que los que ingresaban lo hacían por más tiempo». Concretamente 19 meses de estancia media, frente a los 10 del resto del continente. De hecho, España tiene una tasa de criminalidad por debajo de la media europea: 46 delitos por cada 100.000 habitantes, frente a los 62 que promedian nuestros vecinos. Pero recibimos castigos más severos (casi la mitad de los hombres condenados son reincidentes).

También nos alejamos del ecuador en cuanto a gasto: 103 euros por preso al día en Europa y en 65 euros en España (23.725 euros al año cuesta cada recluso, poco menos que el salario medio, establecido en 2015 en 26.162). Por arriba, Suecia, que tiene un presupuesto por interno de 621 euros, 277 en Noruega… y 140 en Islandia. Por abajo, Ucrania, 3 euros.

– La diferencia es abismal.

– A menor población reclusa, más gasto por individuo. Y luego están los sueldos de los funcionarios de prisiones. Aquí ganan 1.600 euros al mes, pero en Alemania cobran casi el doble. En Francia, por ejemplo, vigilan las cárceles las Fuerzas de Seguridad. En España este servicio lo prestan las empresas de escoltas, que salen más baratas –ponen las cuentas claras en Acaip–.

El grueso del presupuesto de Instituciones Penitenciarias (1.100 millones de euros en 2014) se va en sueldos (807 millones), alimentación (78 millones anuales cuestan los menús de los encarcelados, que incluyen dietas blandas, de menos de mil calorías, platos vegetarianos…), gastos sanitarios y medicamentos (64 millones), luz y gas (43), agua (9)… Más de 4 millones se gastan en el mantenimiento de las infraestructuras, que a algunas cárceles buena falta les hace. «Las peores son las del País Vasco. Basauri y Martutene recuerdan a la España profunda de la Transición. Zaballa (Álava) y Pamplona, sin embargo, son un ejemplo», destacan en Acaip.

Aunque ni siquiera éstas se parecen a las prisiones islandesas, que podrían pasar por casas de campo –la más antigua data de 1874 y está catalogada como Patrimonio Nacional–. «Es una arquitectura que no nos resulta familiar, son como caserones de piedra, salvo una que hay en Reikiavik. Los espacios comunes, como el patio o la biblioteca, son más hogareños, dan sensación de normalidad, de vida cotidiana. No tienen esos comedores industriales que hay en las prisiones españolas. Además, no se busca tanto el encierro, sino el contacto del preso con la comunidad. Por eso las cárceles están distribuidas en las distintas regiones, para no alejar al preso de su entorno. No como en Costa Rica, por ejemplo, donde las 800 mujeres presas están todas en la capital, en San José, lo que obliga a algunas familias a trasladarse 300 kilómetros para visitarlas, con lo complicados que son los desplazamientos allí», explica Viedma.

En el centro penitenciario islandés de Kvíabryggja, en funcionamiento desde 1954, no hay ni rejas y los reclusos se distraen jugando al golf –solo llegan condenados a dos años o menos–, en Litla-Hrauni tienen billar y los diez presos de Akureyri pasean por un jardín de cien metros cuadrados.

«Un saludo breve»

En España hay tres cárceles de mujeres (Alcalá de Henares, Ávila y Alcalá de Guadaira, en Sevilla, donde está Isabel Pantoja) y las que no caben allí se alojan en los módulos femeninos de los otros centros penitenciarios, que reservan 140 plazas para chicas. En Islandia solo hay una cárcel femenina con 16 plazas, y 5 están libres. Las pueden ocupar los hombres siempre que no tengan antecedentes por delitos sexuales o violencia de género «y sean aceptados por las internas».

En esta isla hay pocos presos (y 331.000 habitantes), pero también pocas plazas, así que las penitenciarías están casi al límite de su capacidad, al 89%. En España permanecen al 84,2%. Lo normal son dos internos por celda, pero en Chipre, Italia o Portugal hay más porque superan el 100% de ocupación (hasta el 141% en Hungría).

También en Bélgica hay excedente: 11.769 reclusos para 9.592 plazas. Las autoridades belgas alquilaron en 2009 una cárcel entera en Holanda para meter a 500 delincuentes que no les cabían. Eligieron los Países Bajos por cercanía y porque allí hay 2.000 camas libres. Ahora alguna menos, que en enero las cuarenta y dos prisiones de Noruega colgaron el ‘cartel’ de lleno y tuvieron que ‘extraditar’ a 242 reos a la prisión holandesa de Norgerhaven, que tiene sitio para 272.

Las normas de este centro permiten una hora de visita semanal, aunque con restricciones: prohíben que el visitante lleve pantalón corto y el contacto físico con el recluso, más allá de «un breve saludo y despedida».

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