La cárcel de Tarragona echa el cierre

Los internos son trasladados desde el veterano centro penitenciario urbano a la moderna cárcel de Mas d’Enric

La nueva cárcel de Tarragona se abrirá en noviembre

MARC ROVIRA Tarragona 24 NOV 2015 – 00:08 CET

Los últimos reclusos, en el patio de la prisión de Tarragona. / JOSEP LLUÍS SELLART

La cárcel de Tarragona baja la persiana. Llegó la hora de preparar maletas y empaquetar bártulos para los internos, unos 200, que cumplen condena en la veterana prisión de la Avenida de la República Argentina. Los reclusos apuraban este lunes las últimas horas de sol en el desvencijado patio del presidio. Dejan Tarragona y se van al pueblo de al lado, El Catllar, al moderno centro penitenciario Mas d’Enric. Desde hace ya días un trajín de furgonetas va trasladando los expedientes, los archivos, el material de oficina y las pertinencias de los reclusos. El trasvase de los internos se efectuará mañana bajo unas estrictas medidas de seguridad. Una vez concluida la operación, la cárcel de Tarragona quedará habilitada como un centro abierto, un presidio menor donde solo acuden a dormir aquellos condenados que cumplen penas más blandas.

La apertura de la nueva cárcel, una puesta en marcha que inicialmente se había previsto para principios de 2012, supondrá también la activación de una línea regular de autobús para conectar con Tarragona el nuevo presidio, situado en medio de una zona boscosa. El recinto penitenciario consta de 65.000 metros cuadrados y tiene capacidad para 1.020 presos.

La jubilación le llega a la cárcel de Tarragona justo cuando cumple 65 años. Inaugurada en 1950, era el presidio más antiguo de Cataluña, solo superado por la cárcel Modelo que, de hecho, por sus características y peculiaridades juega en una liga a parte.

Integrada hoy en el entramado urbano de la ciudad (su fachada principal se da de bruces con El Corte Inglés), la cárcel de Tarragona se edificó en lo que eran las afueras de la ciudad. Donde ahora hay centenares de pisos de lo que se conoce como Nou Eixample Nord y una bonita avenida bautizada como Rambla President Macià, antes había algarrobos y una charca. “Salíamos a la ventana y cogíamos los mosquitos a puñados”, cuenta el matrimonio Mallent-Alegret. Llevan 51 años siendo vecinos de la cárcel. Fueron los primeros de los 106 inquilinos de su bloque en instalarse en los pisos que se asoman al patio de la prisión y desde su ventana han sido testigos de la evolución del recinto.

Las sucesivas obras para reforzar la seguridad fueron levantando cada vez muros más altos pero Ester, peluquera jubilada, tiene frescos los días en que tendía la ropa y desde las celdas los internos le pedían cosas o le chillaban mensajes. “Callaos ya, pesados”, les respondía ella. Se sonroja cuando, con gesto travieso, recuerda los cortes de mangas que le dedicaban los presos. A ella, tarragonesa de pura cepa, no le convencía irse a vivir allí pero no por la cárcel sino porque quedaba “demasiado lejos del mercado. Cada vez que tenía que ir a comprar era un suplicio”. El marido, Llorenç, cuenta que se puso tozudo con el piso porque era una buena oportunidad. Dio 5.000 pesetas de depósito cuando la vivienda solo era un dibujo en un plano y, más tarde, abonó las 250.000 pesetas que le costó el que ha sido su hogar familiar. Ahí acuden ahora a verles sus nueve nietos.

Más arriba, en la novena planta, vive Dioslinda. Más de cuarenta años teniendo a los presos por vecinos le sirven para asegurar que prefiere “tener a la cárcel delante de casa que un parque donde vengan cada tarde los niñatos a pegar escándalo con las motos y a hacer botellón”.

En el bloque todos los vecinos conocen al dedillo la rutina penitenciaria. Se saben los horarios de salida al patio y los turnos para las comidas. Quizás los guarden en la memoria durante un tiempo pero a partir de este martes los altavoces ya no se los recordarán a diario.

ccaa.elpais.com

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